sábado, 22 de noviembre de 2014

Episodio 2: Luna de hiel



Retomando la acción poco tiempo después del episodio piloto, teníamos a los recién casados Blake y Krystle Carrington disfrutando de su luna de miel, volando de Hawaii a Tahiti en su avión privado, cuando Blake recibe una llamada urgente a bordo del “consegliere” Andrew. La situación en Oriente Medio se ha complicado y aunque Blake le prometió a Krystle seis semanas de relax, se ven obligados a regresar a Denver. Tiene gracia que en cuanto llegan a la mansión Krystle diga “¡Todo me parece más grande de lo que lo recordaba!” cuando de hecho todo era más pequeño que en el episodio piloto (porque ya era un decorado y no la auténtica mansión Filoli). 

¡Bonito souvenir Krystle! ¿Se lo has robado a alguna tribu?

Denver Carrington tiene demasiado capital invertido en ese país, incluyendo seis petroleros y Krystle se ofrece generosamente para ayudarle ¡como si una secretaria pudiese acabar con un golpe de estado en Oriente cual Rambo de oficina! Pero a su imparable y devota hija Fallon no hay quien la pare, así que tras enterarse de los problemas de Blake colándose en la reunión a puerta cerrada, dispuesta a hacer lo que sea necesario para ayudarle, le sugiere que invite a Matthew Blaisdel para convencerle de que le venda los derechos del pozo que explota con Walter. Blake se da cuenta de que no es tan mala idea, pero Andrew ve más allá de las “buenas intenciones” de Fallon y sabe que lo ha sugerido para que Krystle se sienta incomoda. “Muchas niñas se dan cuenta al cumplir los 6 años de que no pueden crecer y casarse con sus padres” le suelta el abogado antes de interceptar el bofetón de Fallon.


A Krystle no le hace ninguna gracia que Blake invite a Matthew y Walter a la mansión y cree que lo hace para violentarla. Pero no es el único problema de Krystle, porque es difícil convertirse en la señora de la mansión cuando el mayordomo Joseph se encarga de todo y el personal de servicio solo sigue sus instrucciones, pasando olímpicamente de las suyas. “Los hijos son tuyos, la casa es tuya, los criados son tuyos…” se queja ella. Krystle no es una chivata, pero Blake intuye que algo va mal y cuando se entera saca a todo el servicio de la cama y los hace formar en la cocina como si de repente le poseyese el espíritu de Eissenhower para ponerles a caldo.

 De todos estos, solo Jeanette aguantará las 9 temporadas en el puesto  

"Este es Michael, es ambicioso, escucha todas las conversaciones aunque no le importen… Gerald aumenta todas las facturas… Jeanette olvida las instrucciones… la Sra. Gunnerson tiene varios parientes que comen a expensas mías…” va explicándole Blake a su mujer pasando revista, para al final recordarles que Krystle no es prescindible en la casa… a diferencia de todos ellos. Y para demostrárselo despide allí mismo al jardinero por no llevar flores al dormitorio como le había pedido Krystle. Ella está avergonzada, no quería que nadie acabase en la cola del paro, pero Blake le da una de esas lecciones del modus-operandi de los ricos –ahora ya sabemos de quién aprendió Fallon esa costumbre-  y le asegura que Joseph irá a verle al día siguiente para suplicarle que lo readmita y Blake se lo concederá generosamente. El resto del servicio pensará que aunque es un tío duro, es justo, y aquí paz y después gloria. ¡Ve aprendiendo Krystle, esta es tu nueva y maravillosa vida como Carrington!

La vida de los pobretones Blaisdel tampoco es que sea mucho mejor. Matthew le regala un coche a Claudia, pero no se ve preparada para volver a conducir (y en el final de temporada se comprobará que tenía toda la razón). 



¿Se pisa primero el embrague o el acelerador?

Algo tan simple les lleva a una nueva discusión y Claudia le obliga a admitir que lo que le pasa es que no le gusta estar casado con alguien que ha pasado por un psiquiátrico. Al final Claudia supera su miedo a conducir y se presenta en el pozo de Matthew para comer juntos, pero su marido no está y se cruza allí con Steven Carrington. Los dos marginados se caen bien inmediatamente y Claudia acaba regalándole un sándwich a Steven, dispuesto a demostrar a su padre que puede trabajar y ensuciarse las manos sin las ventajas de ser el hijo de Blake Carrington.

 Soy Steven, no me mires tanto, que soy gay

Steven se dirige al bar donde Matthew, Walter y sus trabajadores se han reunido. Matthew quiere convencer a todos para que sigan trabajando en el pozo aunque no pueda pagarles todavía (¡y eso que no es un sucio capitalista como Blake!). Cuando los trabajadores se hacen los remolones, Steven da un paso adelante y se ofrece a trabajar para él. Al parecer en Denver no te ganas el respeto de un empresario mal pagador si no te partes la cara con otro, así que Steven se lía a puñetazos y acaba con el culo pateado. 


 ¡Felicidades Steven, tienes un trabajo mal pagado... 
y una cara nueva!

Al menos consigue el trabajo… si, ese donde no va a cobrar de momento… ¡Un buen negocio, seguro que tu padre estaría orgulloso de ti! Cuando Steven se lo comunica a Blake, este no se lo toma demasiado bien y vuelve a cuestionarle delante de Krystle, que empieza a darse cuenta de que su amado esposo no es tan amoroso como ella creía. 

Enterada ya de que su padre tiene graves apuros, Fallon decide acudir al hombre que más le recuerda a Blake y el único que puede ayudarle: Cecil Colby, que evidentemente no se fue a dar un simple paseo en coche con ella tras la boda y acabaron en posición horizontal. Por eso ahora Fallon no tiene ningún interés por el chofer Michael, que harto de ser rechazado le dice que la próxima vez que vaya a buscarle para “calentarle” es posible que no le encuentre. Cecil reconoce que disfrutó mucho de su “paseo” pero no tiene ninguna intención de seguir con esa relación, ni mucho menos casarse con ella. De hecho lo que quiere es que Fallon se case con su sobrino “nuestra versión del Príncipe de Gales” como lo describe Cecil. El regalo de boda sería la salvación económica para Blake, pero Fallon se resiste. “¡Cuando me case quiero hacerlo con un hombre que me haga vibrar!” exclama la joven acostumbrada a llevarse a todo el equipo de futbol de su padre al catre. Pero Cecil insiste en que es lo mejor para las personas que quieren, para Blake y para Jeff, que nunca descubrirán ese trato (SPOILER: Esperad solo unos episodios y veréis como sí). Cuando Fallon le plantea que podría cambiar de opinión más adelante, Cecil se lo deja muy claro: “Digamos que, a mi edad, la venganza es tan dulce como es sexo”.  

Sellando el pacto de la "boa" con una boa (la que le 
cuelga de los hombros, no Cecil).

Suficiente para que Fallon selle el pacto mefistofélico con un apretón de manos antes de que el CONTINUARÁ… se sobreimpresione sobre su bonita cara.

 


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